Te preguntarás porque he adquirido el hábito de fumar y el porque no puedo estar sentado sin mirar constantemente hacia atrás, como si buscara con la vista la etérea fuente de mi nerviosismo. Permíteme fumar, creo que solo así podré contarte lo que sucedió y no, no te preocupes, no es tan grave como pueda hacerlo parecer, solo es que hasta el día de hoy tengo pesadillas sobre eso.
¿Fue hace dos años que dejaste Valparaíso? Fue posterior a tu partida en que sucedió lo que ahora te confío y espero, por el bien de todos, que no se lo reveles a nadie.
Por aquellos días había dejado mis estudios de filosofía para dedicarme a una vida de ocio, ya que entenderás que tras tantos años estudiando y viendo la realidad únicamente con ojos críticos, aun el alma más devota a los libros y el saber requiere de un descanso. Me radiqué en San Antonio pues ahí vivían unos lejanos tíos con los cuales nunca había hablado, pero que me acogieron sin mayores problemas. Recuerdo que lo primero que hice fue adquirir un computador, ya sabes que nunca me gustó la televisión y no tenía ninguna intención de invertir mi nuevo y valioso tiempo libre en ver idioteces así que la idea del computador fue la mejor que pude tener en ese momento.
Comenzé a frecuentar la escasa vida nocturna de San Antonio buscando algo de diversión o al menos una compañía grata. Fue en una de esas noches cuando conocí al que me introdujo en aquel horror del que afortunadamente he escapado, pero estoy seguro jamás abandonará mis recuerdos. Era un tipo bajo, de piel oscura, los rasgos espantosos como los de aquellos colonos xenófobos que describía Sir Upton Derby en su ominoso City of the grim monolith, en fin, su aspecto era propio de la más insana noche, pero en ese momento no me daba esa impresión y su simpatía y humildad creo me jugaron una mala pasada. Inevitablemente me hice amigo de él, aún recuerdo con espanto su nombre: Rodrigo. Era un músico, o eso decía ser en medio de esas misteriosas salidas en la fría noche de la ciudad y aún recuerdo la noche en que me habló de “ellos”, ¡Oh, Dios! ¿Porqué tuve que oirlo? Me habló de sus amigos, de un grupo de sus compañeros que al parecer compartían intereses conmigo, también me comentó sobre lo difícil que resultaba verlos durante la semana y que la única forma de tener contacto con ellos era a través de internet.
Gracias a las instrucciones de Rodrigo comencé a frecuentar el lugar donde “ellos” conversaban durante las noches, el canal #enfermo -¿creerás que nunca hasta hoy reparé en el oculto significado de aquel nombre?-, el lugar perfecto para hablar desde los más profundos temas a los más banales y nimios que podrían ocurrírsenos. Admito que me volví adicto a esa instancia, era fascinante hablar con “ellos”, saber de sus vidas sin siquiera haberlos visto en persona y leer sus extrañas y retorcidas formas de ver la realidad. Todos tenían inusuales maneras de ser, todas demasiado atractivas, todas angustiantemente misteriosas. Bendito sea el cielo si algún día logro olvidar sus nombres y lo que cada uno resultó capaz de hacerle a mi mente… vamos, alcánzame ese vaso… eran en su mayoría hombres, aunque las mujeres de aquél grupo no se quedaban atrás en cuanto a insania y de todos ellos habían tres que me resultaban infinitamente espantosos, pero a la vez demasiado atractivos como para no atender sus palabras… Galen, Kamon, Lindhortz eran los seudónimos que utilizaban…. no me preguntes sus verdaderos nombres, creéme cuando te digo que hay ciertas cosas que no deben pronunciarse en este mundo.
Al mismo tiempo comenzé a evitar las gélidas noches de aquel puerto y cada vez dedicaba más tiempo a las conversaciones en #enfermo con mis nuevos camaradas. Muchas veces comentaban entre ellos acerca de mundos de fantasía a los cuales era muy difícil llegar, otros planos donde las leyes de la física simplemente desaparecían y cualquier noción terrenal era solo una ilusión, y como sabrás no hay nada que me interese más que ese tipo de conocimiento. Les pedí me instruyeran y se negaron, decían que era un desconocido para aquellos lugares y mi forma de vida demasiado humana no se compadecería de las cosas que podría llegar a ver. Insistí, pues como sabes soy un obsesivo y tampoco me impresiono fácilmente, como recordarás de nuestro viaje a Francia hace unos años, no soy de los que se quiebran por ver cualquier cosa que escape a lo normal.
Fue así como me iniciaron en lo oculto, fue así como empezó aquel viaje a la locura de la que me espanto cada vez que sueño. Me recomendaron ciertas lecturas, las cuales me enviaban por internet, pues decían que resultaría imposible para un neófito como yo el encontrar tales libros. Comencé leyendo el espantoso Unaussprechlichen kulten, el libro en el cual se encontraban las bases de mi aprendizaje. Seguí con lecturas más “terrenales” como los textos de Arthur Machen o Algernon Blackwood, todos conducentes a prepararme a lo que Kamon –como recordarás, uno de los líderes de aquella cofradía- llamaba “El inefable viaje por la senda”.
Leí incontables libros y lentamente comencé a aventurarme por mí mismo en esos conocimientos. Mucho me interesaban las viejas leyendas celtas a las que se refería el Unaussprechlichen kulten en uno de sus capítulos. Leyendas acerca de olvidados bosques donde los druidas paganos, sirvientes de Cernunnos y otros dioses a los cuales era mejor olvidar, practicaban el arte que hoy en día se denomina nigromancia. Busqué textos en internet e investigué en el tema, gran impresión me causaba un extraño rito por el cual los antiguos habitantes de Inglaterra podían burlar a la muerte. Dicho poder estaba reservado únicamente a los druidas, los cuales una vez muertos podían seguir practicando su arte en la soledad de los bosques sin poder ver a ningún otro ser vivo pues a cambio de la vida eterna sacrificaban su cuerpo, el cual se descomponía grotescamente sin permitir a un ser humano normal presenciarlos sin perder la cordura.
En el mundo real no se si sucedía algo o no, mis nuevos estudios me tenían absorbido y ya muy poco recuerdo de la vida cotidiana en aquella ciudad maldita. Te hablé de mis tíos que me acogieron sin dudarlo y resultaron ser tan parcos como la gente de San Antonio… uhm, como los solía denominar Galen, “la gente que pretende vivir”. En todo aquel tiempo muy pocas veces me aventuraba a la calle y cuando lo hacía me resultaba anormal la escasa vida que me rodeaba, muy pocas veces veía personas caminando y esos pocos eran todos ariscos, de ojos alienados, groseros en los rasgos, como si no fueran realmente de carne y hueso. Mis familiares casi nunca me molestaban, eran ya ancianos y me parecía correcto que casi no salieran de la casa, el viejo vestía siempre la misma y anticuada ropa, eternamente con guantes y un aspecto victoriano que me asombraba. Pocas veces lo oi hablar al igual que a mi tía, la cual siempre estaba sentada junto a la chimenea mirando la nada. Fue un día en el cual reparé que en #enfermo no solo estaban mis guías, sino que también una serie de individuos casi intrascendentes, en los cuales jamás había reparado por la escasa gravitancia que tenían en las arduas conversaciones nocturnas que “ellos” entablaban, pues muy pocos permanecían hasta las tres de la mañana, la hora en que dichas conversaciones arcanas iniciaban. Aquel día me llamó la atención uno de estos individuos, su nombre era Senegas y solo Dios sabe porque no lo oí. Me habló en privado, fuera de los demás ojos de #enfermo y me aseguró que estaba metiéndome en algo macabro. No le creí, nadie cuerdo lo habría hecho, sus afirmaciones eran exéntricas referencias a hechos acontecidos cerca de los lugares donde vivían Galen, Kamon, Sniper y los demás. Hablaba de gente que no vivía, de aparentes cuerpos que solo ocultaban la descomposición de gente muerta años atrás, me comentó acerca del sótano de una casa abandonada que jamás había sido abierto en decenios y que en las noches más heladas se oían extraños coros de aquel lugar que entonaban oraciones en un desconocido dialecto gaélico, pero como ya te dije no atendí sus prevenciones y hasta hoy me lamento de ello.
Creo que fue una semana después cuando Galen y Lindhortz sugirieron una reunión en persona. Fenrir, el hermano de Galen, se resistió a la idea, al parecer todavía algunos me consideraban indigno de tal honor, pero la respetada palabra de Galen fue más fuerte y se concertó mi primera aventura real en lo desconocido. La última debo agregar.
La reunión fue en la casa de Galen. Ahí los conocí, al enigmático Kamon, un individuo alto y seco, parsimonioso hasta el extremo; a los hermanos Galen y Fenrir, de mirada extraviada y gestos dementes; al orgulloso Lindhortz y el tosco Sniper. También estaban Chamberlina, al parecer la más jovial de aquel grupo –aunque como supe despúes, igualmente siniestra- y Morrigan, la tenebrosa pareja de Galen. Todos, sin embargo, parecían sin vida, máscaras de una realidad distinta. Me hablaron de viajes a lo largo del éter, de cómo los tiempos antiguos se habían reservado saberes que el hombre moderno no sería capaz de resistir. Nunca olvidaré las palabras de Lindhortz – “¿qué sentido tiene vivir esta vida si realmente solo se es un siervo de la fatalidad? ¿por qué no imponer la voluntad de aquellos seres primigenios más poderosos que las mismas reglas de la naturaleza?, ten siempre presente que hay conocimientos destinados a engrandecernos más alla de la muerte carnal y que esta no es sino un paso más a través de la senda, la cual nos gratifica con nueva vitalidad pues consiguen los espíritus que las cosas que no son, se muestren a los hombres como si existieran”. – “¿Estás dispuesto a dar ese paso? – intervino Galen – Sabes que hay gente que ha intentado descubrir lo que permanece velado desde las eras antiguas, sabemos que Senegas te habló, déjalo delirar en sus sueños, ahora mismo está interviniendo #enfermo, asumiendo el poder del canal para no permitirnos ingresar ¿pero sabes que? No nos importa, pues ya hemos cumplido en ese lugar, es el momento de continuar y desaparecer y para ello contamos contigo”.
Tras esas frases me encontré pasmado, incapaz de reaccionar pues veía ante mi la posibilidad de ver con mis propios ojos las maravillas de antaño que tanto me habían intrigado en esas conversaciones nocturnas. No dije nada, solo me moví asintiendo y me indicaron una pila de libros, abandonando la habitación. Me hallé solo y me acerqué a los viejos y mohosos textos, entre ellos estaban una extraña edición en latín del horroroso Cultes des Goules, el terrible Saducismus Triumphatus de Joseph Glanvill publicado en 1681, pero el peor de todos, el innombrable Necronomicon del árabe loco Abdul Alhazred, en la prohibida versión de Olaus Wormius; un libro que jamás había tenido en mis manos, pero del cual había oído susurrar cosas monstruosas. En medio de mi soledad podía ver por la ventana el cielo tornarse gris y podía sentir el lejano viento atravesar cada rincón de aquel puerto al que jamás regresaré. No se oían ruidos en la calle, solo el viento que se filtraba por las rendijas de la puerta y que se erigía como mi única compañía en medio de tamaño abandono.
Después de una hora por fin reingresaron a la habitación. Vestían gastadas túnicas oscuras, de aquellas que solían usar los paganos monjes escoceses del siglo IX, me ofrecieron una de aquellas vestimentas y mientras me vestía Fenrir me indicó con la mano que los siguiera hacia la calle. La noche ya había caído y no se veía un alma en los alrededores, descendimos calle abajo en dirección a aquella casa abandonada de la cual Senegas me habló. Me dirigí a Sniper para hacerle el comentario, pero no me respondió, inquieto por el silencio que reinaba tomé su brazo bruscamente buscando su atención. Ese fue el momento en que el horror comenzó, Sniper se liberó con violencia de mi y algo cayó de su rostro. Algo seco y pesado, Sniper se lanzó al suelo gritando y cogió el objeto ¡Por Dios! ¡No sabes lo que vi en ese momento! Su cara, lo que había en el suelo, todo encajaba, no podía moverme ni gritar pero si pude presenciar la verdad ¡Esos tipos estaban muertos! Quizás desde hace siglos, pero a mi no pudieron engañarme, vi el rostro descompuesto de uno y la máscara de cera caer al piso. Lo vi y solo quería gritar, pero me resultaba imposible moverme de otra forma que no fuera siguiendo sus pasos. Ahí fue cuando Galen se dio vuelta y me miró, ¡hubieras estado ahí! todos los años de odio y muerte que yacían en esos ojos, cuantas cosas horribles debió haber presenciado para tener esa mirada y lo que me espanta hasta el día de hoy… todo ese conocimiento había sido adquirido conscientemente. No podía huir, me era imposible pues una fuerza sobrenatural guiaba mis pasos. Estaba aterrorizado y sabía que habría de ver muchas cosas en esa casa abandonada. Ingresamos lentamente, no habían luces, todo era oscuridad y un profundo olor a tiempos ya pasados y los ecos de antaño reverberaban a mi alrededor.
No recuerdo las palabras que se pronunciaron, me sentía mareado y tan vacío que apenas me sostenía en pie. Solo tengo un recuerdo fresco: A Kamon levantando una pesada cortina que supuestamente permitiría ver la calle, pero no era así. Al otro lado de la ventana se veía una enorme ciudadela, semihundida en negras aguas y rodeada de mortuorias luces que pululaban con vida propia alrededor de las ciclópeas construcciones. No me pidas ser muy explícito, pues me atormenta rememorar esa escena. Todo lo que había leído sobre esos extraños ritos célticos que se habían perdido en el tiempo tenía un estremecedor reflejo en aquella necrópolis de piedra donde infinitos surcos de origen pagano dibujaban formas no euclidianas, figuras sin dimensión que atentaban contra toda lógica y en medio de todo se alzaba gigantesco un monolito con miles de runas grabadas en él donde pude leer el nombre del que no se debe nombrar y una vez lo hice, incontables siluetas comenzaron a ascender, a moverse, a reptar o como pudiera describir ese movimiento espantoso.
Después de eso, la nada. Estaba en el hospital, en Valparaíso, rodeado de doctores mirándome con asombro y comentando en voz alta lo que me había sucedido, cuando les pregunté como había llegado ahí ninguno pareció tener la respuesta y alegando mi estado de debilidad se marcharon de la habitación. En tres días fui dado de alta y gracias a una enfermera supe que me habían encontrado en la carretera pronunciando incoherencias, hablando en un idioma parecido al inglés antiguo y en un profundo shock que atribuyeron a las lesiones que tenía en mi espalda y pecho. Saber esto fue horrible y a pesar del gran temor que sentía decidí ir a un cyber-café y entrar a #enfermo. Cuando lo hice no estaba ni Galen ni Lindhortz, ni Morrigan ni Chamberlina, ninguno de aquellos infames paganos rondaba por ahí. Senegas parecía tener el control del canal y le consulté por el paradero de los otros. Su respuesta fue escueta, tal vez por el temor de referirse a ellos solo me dijo que ya no entrarían más, pero que se encontraban ahí, siempre presentes, siempre despiertos y acechantes, en #pickman.

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