“Toc toc”
Desde luego, la escena es clásica (a su manera): repartidor de pizzas, con mi casco en la mano, y una pistola que sale de la puerta de casa que acabo de golpear y me apunta a la cabeza.
-Eh… – mi balbuceo
-ADENTRO.
Y, adentro, una pareja atada en el piso.
-¡Te dije que cerraras bien la ventana, estúpido!, ¡Nunca te preocupas de nada!, ¡mira lo que pasó! – mujeres dominantes
-Pero… – sí, nunca saben qué decir.
Estoy un poco deprimido (ni que más). Es decir, los repartidores de pizza ya somos objetos de infinitas bromas de miles de formas, y de recurrentes desgracias: perros molestos, gente estúpida que nunca pide bien las pizzas y me reclama a MÍ, gente estúpida que pide las pizzas y que después no encuentra el dinero… molestias.
Atado, ahora, en el piso, contemplo la situación. El tipo con la pistola, finalmente ha reaccionado, y ha amordazado a la mujer, que muge estridentemente aun con la boca llena de tela. A su pareja, no hay motivo para amordazarlo: está sencillamente callado, seguramente más temeroso del momento en que el ladrón se vaya y su mujer finalmente se libre de las ataduras…
El ladrón, o lo que parece, busca y busca dentro de la casa, tomándose su tiempo, y echa un montón de bisutería dentro de su saco. Me da un aspecto de profesionalismo, o al menos, de fingir profesionalismo. Para distraerme, miro el techo, contemplo la situación.
Finalmente, lotería.
-¡Ajá! – grita. – ¡una caja fuerte!
Ajá, por cierto.
-Muy bien, ¿cuál es la combinación? – nada tan cinematográfico como que un ladrón con un lindo pasamontañas negro te ponga una pistola en la cabeza.
-No, no… es que no hay dinero adentro – el pobre pelele balbucea.
-¡Dime cuál es la combinación o te vuelo la cabeza! – desde luego, lo dice así, sin groserías. Curioso. Siempre me pregunté si acaso yo, con una pistola en la mano, insultaría a un tipo con groserías vulgares. Pero este ladrón no: se comporta como un gangster de alguna buena película gringa… no puedo negarlo, pero me empieza a caer bien.
-Pero… – el tío balbucea sin ninguna razón. Me canso
-Uffff – es lo único que yo agrego a esta escena de fondo.
-Muy bien, ¡dime la combinación o mato a tu esposa! – pistola en la cabeza, ahora, de la vieja chica gritona.
No quiero ser sardónico de más, pero alcanzo a notar un ligero cambio en la cara del tío, pasando desde el miedo, a estar pensando a miles de miles de kilómetros por hora, en inventarse cómo será su vida si… Aparentemente, la mujer también lo nota, y grita aún más histéricamente. Debajo del pasamontañas del ladrón, noto desaliento.
-Esto… – el pelele se ordena moralmente – está bien. La combinación es…
Muchos números, nunca muy buena memoria para ellos. El ladrón entra a la habitación, y luego sale con algo en sus manos… noto en su cara la expresión de perplejidad ante el gigante traje de conejo rosa que trae en sus manos.
-¿Qué es esto? – el traje, además, tiene una serie de juguetes sexuales que, en bien de la salud mental de la población, no describiré. Claramente es de la talla del pobre pelele en el piso, cuyas orejas se han vuelto sensiblemente rojas…
Y, ahora, a la acción. Claro. El heroico repartidor de pizza salva el día. Claro, no sé por qué mi hermana me regaló ese llavero con cortaplumas, pero, bla bla bla, corté mis ataduras y me escondí detrás de la puerta, con un excelente primer plano de la cara del pobre ladrón, héroe trágico, en busca de dinero, y tan sólo se encuentra con los juguetes sexuales de unos cuarentones tontos… y un lamparazo en la cabeza.
Paf, y cae al piso, con los ojos llenos de una perplejidad triste…
Desato al pobre pelele. Su esposa chilla, pero yo no pienso desatarla.
-Esto… – me dice el pobre diablo.
-Son $8.000. – pizza entregada en las manos, un buen servicio.
-Pero es que, con mi señora tenemos unos cupones que venían con la revista del cable…
Y algunos creen que dios existe…

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