Daniela es una mujer normal y corriente, que, desde luego, todos los días hace las cosas normales y corrientes de todos los días, jugar al póker, ajedrez, ludo, backgammon y, sobre todo, todo, todo, Go, ese juego de los circulitos negro – blancos que sale en esa película “Pi”.

Pero hoy Daniela ha decidido intentar un nuevo juego en su vida, un curioso deporte muy de moda en estos días que se llama “Arracaplán”. El Arracaplán consiste en el juego de ir por las calles, buscando al extraño que se vea más, más extraño de todos, y hablarle sobre el tema más extraño que se te ocurra. Sin embargo, hay reglas del Arracaplán que hay que tener en cuenta, a saber:


  1. Si el extraño tiene calcetines blancos, son 20 puntos.
  2. El tema de conversación debe girar en torno a dulces, chocolates, muñecas de cartón, libros infantiles o en alguna página web que trate de videojuegos. Si la conversación dura más de 10 minutos sobre alguno, o varios de estos tópicos, serían 50 puntos, más 10 puntos por cada 10 minutos más que dure la charla.
  3. En medio de la conversación, debe generarse una trama subyacente con el extraño: un juego de atracción, amistosidad y seducción, tratando de dejar confundido al pobre extraño este. Si se lograra esto, serían 100 puntos.
  4. Sonrisas, como de costumbre. 1 punto por cada sonrisa, y 2 por cada sonrisa que se le extraiga al extraño.

Ahora, siempre es posible que el extraño con el que se hable también esté jugando Arracaplán. En tal caso, el primero que grite “Arracaplán”, gana 200 puntos. Sin embargo, si no fuera el caso, el jugador perdería 200 puntos de su cuenta, que se saca al final del día, en árbitros especializados en Arracaplán que andan dando vuelta por las calles y publican las estadísticas en “http://www.Arracaplán.com”. Estos árbitros por lo general andan disfrazados de postes de luz, grifos de agua, de árboles o de canes inusualmente molestos, por lo tanto, cualquiera que pueda reconocer a un árbitro de Arracaplán inmediatamente será reconocido como un jugador hábil, y ganará 300 puntos en seguida. Para reconocerlo, debe apuntar el disfraz del árbitro y gritar: “Arracaplán plan plan, árbitro de mil formas, sin ninguna más”. Por supuesto, si alguien falla en apuntar correctamente a un árbitro, se lleva 300 puntos en contra (más la humillación de ser observado por todos hablándole a la nada…)

Daniela se ha informado bastante sobre las reglas del Arracaplán, y ha decidido jugarlo en esta melancólica mañana invernal, en que no hay mucho más que hacer. No conoce a mucha gente de los idiotas comunes que transitan por allí, y se encuentra con este tío curioso que mira de un lado a otro, y sonríe silenciosamente. Parece un jugador de Arracaplán… ¿o no?

  • Buenas tardes, ¿ha visto mi sombrero?
  • ¿Sombrero, señorita?, quizá debería ver el color del Cielo, tiene un tinte sin mucho objetivo esta mañana.
  • Bah, su tintura es lo de menos: cambiará como sangren o no sus venas, señor.
  • ¿Venas?, ¿en el Cielo?
  • Por cierto, en las tardes el Cielo pierde la esperanza en la vida, y se corta las venas, por eso muere.
  • Horrible metáfora. Siempre creía que sencillamente que era un efecto refractario de la luz.
  • Ah, pues que esté hecho de eso no quiere decir que eso sea todo lo que hay de trasfondo subyacente en dicho fenómeno, ¿no?.
  • Pues… ¿quiere un dulce?
  • No gracias, ¿ha leído algo últimamente?
  • Sí, he leído un libro muy curioso que se llama: “Letras y más Letras”.
  • Interesante, hábleme al respecto.
  • Trata sobre animales y letras, sin duda. Trata sobre pequeños basquetbolistas que entrenan en una gigantesca casa, pero que no saben el secreto subyacente sobre ellos, que se revela en un truco argumental en las últimas cien páginas.
  • Curiosa concepción
  • Sin duda.

Daniela dudó. El tío este parecía un clásico jugador de Arracaplán. ¿Lo sería o no?, ¿debería continuar conversando con él?. Hablaban y hablaban sobre subyacentes tramas que se entreveraban en su misma conversación, pero su mente se agotaba de tanto pensar. Decidió dejar de jugar. Total, probablemente había un árbitro cerca, había durado 15 minutos hablando de esto, y tal vez ya tenía suficientes puntos.

  • Un placer hablar con usted, señor.
  • Espera, yo te amo.
  • ¿En serio?, ¿entonces por qué no me lo dijiste al comienzo?
  • Porque me daba miedo, sabes. Miedo al rechazo, miedo a que gritaras…
  • ¡Arracaplán!.

¡La panadería!, estaban frente a una, ambos, comprando panes batidos. De adentro de una de las bolsas de pan que estaban allí, sale un árbitro.

  • ¡Felicitaciones Daniela!, te has ganado 200 puntos. – Luces, muchas luces se encienden. Toda la gente en la panadería aplaude, todos saludan.
  • Debiste haber gritado Arracaplán antes… – le sonrió el Daniela al extraño
  • Sí, lo sé… o debí haberte dicho que te amaba antes – sonrió él a su vez.
  • Pero al menos me gané los 200 puntos, y hoy hay un bono para los ganadores.
  • ¿Cierto?, ¡lástima!. Bueno, vuelvo a casa.
  • Sí, yo debo reunirme con mis amigos. ¿Adiós para siempre?
  • Adiós para siempre.

Y mientras Daniela camina a lo lejos, el extraño mira los 70 puntos que ganó en esta ronda (los puntos en Arracaplán se reparten en bolitas saltarinas) que tiene en sus manos, y se le resbalan de un lado a otro… y su corazón se parte, corrupto en una increíble ironía que da vueltas alrededor suyo.

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