Fines de 2007, un afortunado aviso de la cam me pone al tanto que de Goran Bregovic tocaría en Cartagena, a minutos de mi sanantonino hogar, en el ya cercano verano y que lo haría gratis. Imperdible. Viernes 18, luego de un sinuoso viaje hacia Cartagena, nos instalamos con todo frente al escenario, detrás de una absurda zona cercada para los asistentes más exclusivos al evento.
Más o menos puntual, hizo su aparición la mentada Wedding and funeral Orchestra que sin Bregovic en el escenario comenzó a tocar una melodía que me hizo pensar en algunos trabajos de Lisa Gerrard, por lo menos en los más folk. Dos búlgaras hacían las voces femeninas y creaban un ambiente etéreo al tiempo que la noche caía certera sobre la playa. De pronto, a ambos lados de la multitud, sendos músicos se abrieron paso hacia el escenario, la música cambió y pasamos del ambient a algo mucho más festivo, preparándonos para el verdadero espectáculo.
Finalmente aparece Goran Bregovic, de impecable blanco y con su pinta bohemia desatando su música gitana sobre el público. Cerca, unos tipos no paraban de saltar y parecía que fueran de la colonia balcánica de turno porque no dejaban de gritar “de ahí somos” y cosas por el estilo. Después de un rato de fiesta pura y dura, la orquesta volvió a bajar las revoluciones y se mandó un temazo de por lo menos quince minutos, una melodía que a algunos les podría aburrir, pero para uno que es amante declarado de la música ambiental simplemente fue una delicia ritual en la que la música, el entorno y el público se fundían. Sinceramente este fue el momento que más disfrute, el lapso en que más me llegó esa música creada en tierras tan lejanas, pero que en ningún instante sonó fuera de lugar en una playa de un país que, a su vez, también es lejano y misterioso para esos músicos que tocaban arriba del escenario. Eso es lo que más me llama la atención de estos sonidos folk cuando suenan en tierras extranjeras, pues aún estando lejos de sus raíces son capaces de adaptarse y conectarse con el público y es que, me pregunto, ¿suena igual esta música tanto en una playa veraniega como en un pueblito de Europa del este? Músicos honestos pueden transportar la esencia de su tradición musical e instalarla en cualquier lado, pero el éxito de esta operación depende de saber entender el nuevo lugar y, en ese sentido, Goran Bregovic y su gente rozaron la perfección, entregaron lo que el público quería y lo hicieron bien. Después de este instante sublime, el frenesí gitano reanudó su carga y los mundanos volvimos a movernos y, los más entusiastas, a saltar. El resto del show siguió más o menos el mismo patrón, alternando algunos temas lentos y serenos, con otros más desenfrenados y rematando el show como toda buena banda que se precie de tal, dejando para el último su canción más oreja y la que más movió al respetable: Bubamara. La presentación fue soberbia, pero quiero destacar algunos detalles que son los que redondean todo evento y le dan su toque característico (insisto con el tema del ambiente). Primero que nada, me parece una falta de respeto que hayan tenido rejas separando a una parte del público de los afortunados que estaban más adelante en sus sillas. Apuesto mi brazo derecho a que en todo ese lote de concejales, funcionarios y ciudadanos notables, con suerte había un par que sabía a lo que iba y estaba al tanto de que era todo eso que desplegaba ante sus ojos; segundo, el camarógrafo parecía convencido de que estaba en el festival de Viña e insistía, para el horror estético de quien suscribe estas palabras, en enfocar a la manga de viejos fomes y adustos sentados en primera fila como si estuviera mostrándonos al glamoroso jurado internacional; tercero, y esto es un positivo, qué buena respuesta dio el público, no hubo giles dando jugo, los pacos a su vez tampoco molestaron, y un detalle no menor que demuestra la buena conexión que creó la música entre artista y espectador: la gran mayoría que desconocía a Bregovic fue siempre muy respetuosa, especialmente en los momentos más íntimos de la presentación donde es típico que no falta el impaciente que se pone a silbar pidiendo algo más movidito, aquí no sucedió eso; cuarto, lamentablemente la gran mayoría no alcanzó a cubrir a un grupito de imbéciles que sin guardar el más mínimo respeto por los artistas se pusieron a gritar sus weás comunistas de ahora y siempre ¿qué se creen? Siempre defiendo la libertad de expresión y me indigno cuando esta es pisoteada, pero encuentro desubicado portar esas consignas y traerlas a un lugar donde todo el mundo estaba en otra volada, ¿era necesario oscurecer y silenciar de ese modo al perplejo Goran que no entendía qué cresta gritaban estos irrespetuosos? En Chile sigue muy asentada esta cultura de la protesta, esa creencia de que todo evento artístico y público necesariamente debe tener connotaciones políticas ¿acaso no puede haber arte por el solo placer de apreciarlo? ¿Tiene que haber siempre una manifestación partidista? Alguien podrá responderme invocando el valor de la irreverencia, pero yo digo, aquí no hubo irreverencia, ensuciaron con política lo que era una gran presentación y eso me parece imperdonable. Dejo para el final lo que encuentro más destacable, que esto haya sido gratis y popular. Trajeron a un tipo que nunca había venido a Chile y que vive de esto (o sea, cobra para que lo vean) y acercaron su obra a un público que no tiene la posibilidad de ver cosas así, porque no me van a decir que el veraneante promedio de Cartagena tiene acceso frecuente a estos espectáculos, y lo mejor fue ver que la música llegó y fue entendida, daba lo mismo que los tipos cantaran en un idioma ininteligible y que los intentos de Bregovic por comunicarse fueran en una mezcla de inglés, italiano y español. Esa weá dio lo mismo, el viejo que vendía maní confitado bailaba cagao de la risa y la vecina del sector igual improvisaba unos pasos de baile junto a su viejo.

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