May
1

Protocolo Código Rojo

Hace poco recibí una transcripcion de una llamada de Pickman a un conocido:

Me he embarcado tan pronto me he dado cuenta de la catastrofe que esta a punto de desatarse… ahora que recuerdo más de estos últimos meses he logrado identificar algunas cosas…no… no estuve solo, recuerdo… este ser… mecánico… aprendí cosas, pero por alguna razón no logro recordar detalles, sólo formulas matemáticas que… que no deberían ser descubiertas por hombre alguno… un resultado abrumadoramente siniestro… también hay… ¡espera! hay algo en mi bolsillo, es una fotografía… qué rayos es… y ese hombre que está junto a mí… se parece a… oh… debo impedir el horror… me dirijo a los Estados Unidos, he rastreado… la máquina negra… infinidad… de ciudades y todo parece indicar que… en Arkham… necesito que contactes con Mr. B, Mr. G. y W. y pongas en marcha el protocolo código rojo… nos reuniremos en… en tres semanas… te enviaré la fotografía por correo…

Y hoy me ha llegado al correo la siguiente fotografía:

¿Quien es aquel hombre de sombrero junto a Pickman?

¿Quien es aquel hombre de sombrero junto a Pickman?

May
0

La voluntad de los jugadores

Mastereando con Pickman, hoy: La voluntad de los jugadores

Cthulhu: 1d6 investigadores por turno

Cthulhu: 1d6 investigadores por turno

Voy a comenzar esta serie de consejos para masters atormentados por sus jugadores, con uno de los problemas más recurrentes que todo master debe enfrentar tarde o temprano: la voluntad de los jugadores.

La situación es la siguiente: Es de noche y tus pobres jugadores estan en el segundo piso de un hotel de mala muerte en el centro de Innsmouth, pueblo que como todos saben, se caracteriza por no recibir de muy buenas maneras a sus visitantes. Una puerta interior abierta une la habitación con la contigua a la que le llega debilmente la luz de la luna a través de la ventana de vidrio, la cual da a un pequeño balcón desde el que se puede saltar a la escalera de incendios del edificio de al lado. Un jugador está detrás de una silla, rifle en mano esperando el asalto de un grupo de al parecer cuatro o cinco pobladores que a juzgar por lo que se puede escuchar, vienen fuertemente armados y dispuestos a matarlos. Otro jugador está con una pistola apuntando a través de un armario a medio abrir. Los otros dos están en un rincon oscuro de la habitación de al lado apuntando también hacia la puerta de la primera habitación, esperando a que en cualquier momento entren los atacantes. Fuerzan la puerta, y en medio de la oscuridad confirman que son cinco atacantes, armados con escopetas de doble cañón. Uno de ellos sostiene una pequeña lámpara de aceite. Se abre una balacera y una lámpara cae al suelo, dejando el lugar en completa oscuridad. Solo de la habitación de al lado llegan unos déibles rayos de la luz de la luna que entra por la ventana.

Seguir leyendo…

Oct
0

El modelo de Pickman

(escrito por H.P. Lovecraft, publicado por Weird Tales en 1927)

H. P. Lovecraft

H. P. Lovecraft

No tienes por qué pensar que estoy loco, Eliot; muchos otros tienen manías raras. ¿Por qué no te burlas del abuelo de Oliver, que jamás monta en un automóvil? Si a mí no me gusta ese maldito metro, es asunto mío; y, además, hemos llegado más deprisa en taxi. Si hubiéramos venido en tranvía habríamos tenido que subir a pie la colina desde Park Street.
Sé perfectamente que estoy más nervioso que cuando nos vimos el año pasado, pero no por ello debes pensar que lo que necesito es una clínica. Bien sabe Dios que no me faltan motivos para estar internado, pero afortunadamente creo que estoy en mi sano juicio. ¿Por qué ese tercer grado? No acostumbrabas a ser tan inquisitivo.

Bueno, si tienes que oírlo, no veo por qué no puedes hacerlo. Tal vez sea lo mejor, pues desde que te enteraste de que había dejado de ir al Art Club y me mantenía a distancia de Pickman no has cesado de escribirme como lo haría un atribulado padre. Ahora que Pickman ha desaparecido de la escena voy por el club de en cuando, pero mis nervios ya no son lo que eran.
No, no sé qué ha sido de Pickman, y prefiero no adivinarlo. Podías haber sospechado que dejé de verle porque sabía algo confidencial; ése es precisamente el motivo por el que no quiera pensar a dónde ha ido. Dejemos a la policía que averigüe lo que pueda.. que no será mucho, a juzgar por el hecho de que no saben todavía nada de la vieja casa del North End que Pickman alquiló bajo el nombre de Peters. No estoy seguro de que volviera a encontrarla yo… ni de que lo intentara, ni siquiera a plena luz del día. Sí, sé bien, o temo saber, por qué la tenía alquilada. De eso voy a hablarte. Y espero que entiendas antes de que haya terminado por qué no pienso ir a decírselo a la policía. Me pedirían que les llevara basta allí, pero yo no podría volver a aquel lugar ni aun en el supuesto de que conociese el camino. Algo había allí… Bueno, por eso ahora no puedo coger el metro ni (y puedes reírte también de lo que voy a decirte) bajar a ningún sótano.
Supongo que comprenderías que no dejé de ver a Pickman por las mismas estúpidas razones que les movieron a hacerlo a esas mojigatas mujerzuelas que son el doctor Reid, Joe Minot o Rosworth. No me escandalizo ante el arte morboso, y cuando un hombre tiene el talento de Pickman considero un honor el haberle conocido, al margen de la dirección que tome su obra. Jamás tuvo Boston un pintor con las dotes de Richard Upton Pickman. Lo dije hace mucho y sigo manteniéndolo, y ni siquiera me retracté un ápice de lo dicho cuando expuso su «Demonio necrófago alimentándose». A raíz de aquello, como recordarás, Minot dejó de tratarle.
Tú sabes bien que producir obras como las de Pickman requiere un arte profundo y una especial intuición de la Naturaleza. Cualquier ganapán de esos que dibujan portadas puede embadurnar un lienzo sin orden ni concierto y darle el nombre de pesadilla, aquelarre o retrato del diablo, pero sólo un gran pintor puede conseguir que resulte verosímil o suscite pavor. Y ello porque sólo un verdadero artista conoce la anatomía de lo terrible y la fisiología del miedo: el tipo exacto de líneas y proporciones que se asocian a instintos latentes o a recuerdos hereditarios de temor, y los contrastes de color y efectos luminosos precisos que despiertan en uno el sentido latente de lo siniestro. No creo que tenga que explicarte a estas alturas por qué un Fuseli nos hace estremecer mientras que la portada de un vulgar cuento de fantasmas nos mueve a risa. Hay algo que esos artistas captan -algo que trasciende a la propia vida- y que logran transmitirnos por unos instantes. Doré poseía esa cualidad. Sime la posee, y otro tanto puede decirse de Angarola de Chicago. Y Pickman la poseía en un grado que jamás alcanzó nadie ni, quiéralo el cielo alcanzará en lo sucesivo.

Seguir leyendo…