Ago
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Hojas

Bright autum day, first street

Bright autum day, first street

Todo comenzó esa tarde en que nos vimos por primera vez: estaba seguro de que no la había visto antes. Todo parecía indicar eso, de modo que no me preocupé hasta que supe que de VERDAD era cierto, de modo que decidí hablarle y conversar con ella sobre letras, pelotas y manzanas. Ella sonrió y me dijo que le gustaba escribir poesía, yo le tomé su mano y yo me sonrojé y Ella se sonrojó.

Caminamos por la calle tomados de la mano, mirando las nubes, hasta que encontramos a un escritor con cara triste que recolectaba hojas del piso y las miraba fijamente, luego de lo cual su expresión parecía ensombrecerse aún más, pero las guardaba en su bolsillo, clasificándolas cuidadosamente. Le preguntamos qué era lo que hacía, y nos dijo que quería hacer un libro lleno de hojas y hojas, pero sin escribir en ellas, sino que imaginaba una historia enorme dibujada por las hendiduras de la misma, en que las palabras y las tramas había que buscarlas siguiendo las líneas y vueltas dibujadas encima. Había empezado bien, siguiendo una trama algo convulsa, pero ahora parecía que no estaba yendo a ningún lado, o a lados que no se esperaba de modo que buscaba más y más hojas tratando de que la historia fuese a otro lado. Pero a veces las hojas se confundían aún peor y terminaban contando paralelas historias cada vez más enormes y raras que lo tenían muy confundido. Esto nos contó el escritor. Ella puso cara triste, y soltó mi mano, para luego sentarse junto al escritor y comenzó ayudarlo a buscar hojas. Yo me puse triste, y caminé solo mi casa, por las calles vacías. Ahora miro por la ventana, y pienso en cómo solucionar esto. Luego de dar un par de vueltas, pienso que la solución deberá ser el buscar alguna historia en la cual ella terminara sentada al lado mío en lugar de al lado del escritor, y pienso que dicha historia debe estar escrita en alguna parte. Tal vez la podría escribir, pero no soy muy bueno en eso, pero si el escritor tiene razón, y las hojas contienen historias cada vez más complejas y extensas, de modo que las hojas deberían contar en alguna parte dicha historia. Sí, allí debe estar la respuesta. De modo que camino bajo el enorme árbol que está en la calle afuera de mi casa y empiezo a buscar en las hojas la historia en que yo acabo sentado junto a ella, y así ahora voy a hacer un libro de muchas hojas y hojas…

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Ago
2

Sin comentarios

Sin comentarios…

[22:59:03] Vercingétorix y la caminata de los idiotas : Es que con el Ricardo estamos hablando de Gestión de Recursos Humanos, una cagá de ramo que hicimos y donde no nos enseñaron nada.

[23:00:04] Vercingétorix y la caminata de los idiotas :
Ricardo  –  (L)            dice:

*como esa wea de recursos humanos

*Jiuman Risorses
Vercingétorix y la caminata de los idiotas dice:

*Esa cagá de ramo.

*jajajajaja
Ricardo  –  (L)            dice:

*como esa mierda culia con la que nos estafaron

*te imaginai al final de la carrera nos devuelvan en plata el equivalente a un ramo menos por esa wea que pasamos
Vercingétorix y la caminata de los idiotas dice:

*Weon el decano estaba jugando play cuando metió ese ramo a la malla.

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Ago
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La Voz

La Voz

La Voz

La situación esta completamente fuera de control. Para entender el contexto, tienen que entender la cantidad de cosas que suelen pasarme, que en realidad, no son tantas como uno creería en primera instancia. En realidad son muy pocas, y, a la larga, ninguna de real importancia. Pero hace poco, finalmente ha pasado lo que siempre esperaba que pasara, he VISTO a La Voz.

Sí, la Voz. ¿No es fantástico tan sólo poder sentir algo sobre ella?. No podría describir como todo comenzó, pero ahora, todo parece parte de la vida diaria. Es cosa de, tan sólo, caminar por las calles extrañas y sentir como La Voz me habla con tono cantarino: la busco por los alrededores, y al encontrarla, puedo observar como sus formas caprichosas de Voz me miran sonriente. Es difícil describir lo que me ocurre cuando eso pasa, pero tal vez podríamos definirlo como que si algo vacío se llenara de improviso. Se siente raro, pero eso hace la Voz cuando me sonríe, apareciendo siempre inesperada, detrás de alguna esquina, de la copa de un árbol, o sonriéndome desde el fondo de una bolsa de pelotas saltarinas de colores: escondites para saludarme alegre y mirarme profundamente con sus ojos grandes.
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Ago
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Puerta

Puerta

Puerta

La puerta de mi casa tiene una propiedad fantástica: tiene un tablero de luces y botones adelante en el cual, si entras la combinación correcta, puedes entrar por la puerta a distintos lugares. Podría ir a la China si quisiera, al lugar donde trabajo, a Marte o hasta el baño de mi misma casa. El problema, es que se me ha extraviado el manual, y sólo recuerdo una combinación de lugar: la de entrar a mi casa. Así, cada vez que trato de salir por la puerta, entro la combinación, abro la puerta, cruzo… y estoy dentro de mi casa, de nuevo.

Ago
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Una Caja

Una Caja

Una Caja

Ernesto piensa, piensa y piensa, y al fin, se le ocurre una solución.

- Buenas tardes, ¿me puedes explicar qué estoy haciendo acá?
- Hola, mi nombre es Ernesto, y soy un solipsista. Como tal, acabo de inventarte a ti, Plampesto Ortandes, para que cumpla esta importante labor.
- ¿Ah sí?, vaya una idea. Adelante entonces.
- Muy bien. Como soy un solipsista, sabes, creo que yo mismo invento la realidad. De modo que, si yo DEJO de ver una cosa, esa cosa desaparece para siempre. Pero hay una cosa que no quiero que desaparezca, que está dentro de esta caja de madera verde que ves acá. Si yo dejara de verla, desaparecería, porque, claro, las cosas sólo existen cuando uno las ve, ¿verdad?.
- Ehmm… bueno, no sé, ¿es decir que tú me crees que si un árbol cae en medio de un bosque, y no hay nadie alrededor para escucharlo, entonces…?
- Sí, sí, me sé esa: ese árbol es de TODOS los colores. ¿Me dejas continuar?.
- Oh, perdón, continúa.
- Vale, entonces, necesito que esta cosa no deje de existir. Para que exista, tiene que haber ALGUIEN observándola, de modo que por eso, te he creado a ti para que la vigiles mientras me voy a hacer mis cosas afuera.
- Oh entiendo. Pero lo que no entiendo es, ¿por qué no puedes llevarte la caja contigo, así impidiendo que esta deje de existir?.
- Es que… no puedo. Voy a un lugar y a reunirme con unas personas que si me vieran llegando con la caja… bueno, sería despreciado socialmente, de modo que no puedo hacerlo. He pensado toda la mañana, y al fin, se me ha ocurrido inventarte a ti para que la caja no deje de existir.
- Es un gran plan, sin embargo, debo preguntar: ¿qué guardas dentro de la caja?

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Mar
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Una curiosa experiencia

Todos los días han sido parecidos últimamente: levantarse, saludar y bajar por los oscuros callejones de Valparaíso que siempre me parece, tienen alguna otra historia distinta que contar cada vez que los contemplo. Por ejemplo, hace unas tardes, me ha acontecido una historia curiosa. Volvía a mi casa con los últimos rayos del Sol, luego de una serie de días lluviosos, y he escuchado dos voces conversando en el rincón de un callejón cerca de mi casa. Curioso, me he acercado a ver qué es lo que pasaba, y ha resultado que son dos mujeres discutiendo agriamente: una de ellas joven y hermosa, de cabellos negros, y otra de ellas ya mayor.

- Pues te digo que no resultará si lo intentas de esa manera. – escuché a la mayor decir.
- Pero yo digo que no es necesario echarle TANTA pimienta, ¿por qué…? – inquirió la joven, cuando ambas notaron mi presencia. Me sentí un poco fuera de lugar de improviso, y pensé en irme, pero ambas me detuvieron.

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Mar
0

No Evangelio, Malas Noticias

1. Cobranzas Telefónicas.

La escena es notable a su manera. Dos tipos de piel blanca, cabellos blancos, ojos blancos, vestiduras blancas, y alas blancas se pasean de un lado a otro frente a una puerta. Ambos parecen preocupados, con el ceño fruncido.

- Pues yo no le voy a decir. ¿Y tú?
- Tampoco: olvídate. No voy a entrar allí solo

La escena rápidamente cae en un punto muerto. Finalmente, ambos se miran con escasa decisión.

- Esto… bueno, entonces, ¿entramos los dos?

- No hay otra. Entremos los dos, y… bueno, allí vemos qué le decimos
- Vale. Ahora entremos
- Sí, ahora entramos

Ambos miran con temerosos ojos blancos la puerta blanca que tiene colgado un avioncito de madera que dice: “JEEEEEZUUS”.

- Ya basta entremos
- Sí, entremos.

Sepulcral silencio.

- Yo… esto, ya: yo abro la puerta y entramos los dos, ¿Vale?
- Vale
- Una, dos y…
- ¡TRES! – dicen al unísono

Ambos entraron al mismo tiempo. La habitación adentro es un asco: botellas de bebida, de envases vacíos de jugos Kapo, de trenes de juguete con vagones aplastados y pintados con tempera, y otros juguetes. Hay una tele prendida, con un PS3 prendido, que tiene puesto “Final Fantasy XIII”, pero que nadie le juega. En una cama deshecha, hay un singular tipo acostado: treintón, cabello largo, barba, con cara aburrida, cubierto sólo con un taparrabos, con una mano con una paleta de ping pong con una pelotita amarrada, golpeándola con aire distraído.

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Oct
3

Daniela juega Arracaplán

Daniela es una mujer normal y corriente, que, desde luego, todos los días hace las cosas normales y corrientes de todos los días, jugar al póker, ajedrez, ludo, backgammon y, sobre todo, todo, todo, Go, ese juego de los circulitos negro – blancos que sale en esa película “Pi”.

Pero hoy Daniela ha decidido intentar un nuevo juego en su vida, un curioso deporte muy de moda en estos días que se llama “Arracaplán”. El Arracaplán consiste en el juego de ir por las calles, buscando al extraño que se vea más, más extraño de todos, y hablarle sobre el tema más extraño que se te ocurra. Sin embargo, hay reglas del Arracaplán que hay que tener en cuenta, a saber:

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Oct
0

Carmen

- Buenas tardes, mi nombre es Carmen, y soy protagonista de un libro malo, ¿puede ayudarme?.

Mirada molesta del burócrata tras el escritorio

- ¿Y bien?
- Pues… soy la protagonista de un libro fome, y quiero estar en alguna mejor.
- Tú y todo el resto. A veces quisiera que a MÍ me cambiaran de historia. Tengo que llenar la forma, te voy a hacer unas preguntas, y tú contestas, ¿vale?.
- Uuh – Carmen no estaba acostumbrada a que la gente le hablara tan secamente – vale, vale.

El burócrata sacó un gigantesco papel.

- Nombre.
- Carmen.
- ¿Sólo Carmen?, ¿Sin APELLIDOS?
- Ehmm, Carmen De Guiche
- ¿De Guiche??. ¿Qué rayos es esto?.
- Pues bueno, mi historia se trata de que soy una niña que creció toda su vida en Francia, y que sus padres se vienen a Chile y…
- YA, suficiente. ¿Ocupación?
- Soy Detective.
- URGH, ya sé de que va esto. Odio estas novelas. ¿Familia?
- Mi madre, y mi padrastro…
- Ya, y este último es un personaje cómico incidental, tu padre es francés, pero murió o anda de aventuras en el África o en algún lugar que hacen asumir en el libro que debe ser el culo del mundo (lo cual, CLARO, no es muy amable para la gente que efectivamente VIVE en esos lugares, ¿eh?), tu padrastro es chileno, jefe de la policía o algo así, bastante conservador en su trabajo y tú eres como rebelde y rompeesquemas, y siempre rompes las normas, ¿eh?
- ¡Sí!!!, ¿leíste mi novela?.
- ¡Claro que sí!, mierda, ¡unas 10.000 veces!, sólo que siempre es una tía distinta de otro puto país europeo que todos en latinoamérica creen que es garantía de sofisticación (como si en Europa las tías no cagaran ni se tiraran peos), y que es una rebelde e innovadora en su trabajo…
- Eh…
- Claro, y siempre una genia de alguna forma, siempre ve los detalles que nadie ve, pero le cae mal a sus jefes (que son los idiotas que le consiguieron el trabajo en primer lugar, en el manso pituto), sencillamente porque llega vestida de forma rara al trabajo (que a nadie debería importarle en primer lugar), y porque llegas tarde, te levantas tarde, y hablas con acento a veces. ¿Eh?

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Oct
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Pizza

“Toc toc”

Desde luego, la escena es clásica (a su manera): repartidor de pizzas, con mi casco en la mano, y una pistola que sale de la puerta de casa que acabo de golpear y me apunta a la cabeza.

-Eh… – mi balbuceo
-ADENTRO.

Y, adentro, una pareja atada en el piso.

-¡Te dije que cerraras bien la ventana, estúpido!, ¡Nunca te preocupas de nada!, ¡mira lo que pasó! – mujeres dominantes
-Pero… – sí, nunca saben qué decir.

Estoy un poco deprimido (ni que más). Es decir, los repartidores de pizza ya somos objetos de infinitas bromas de miles de formas, y de recurrentes desgracias: perros molestos, gente estúpida que nunca pide bien las pizzas y me reclama a MÍ, gente estúpida que pide las pizzas y que después no encuentra el dinero… molestias.

Atado, ahora, en el piso, contemplo la situación. El tipo con la pistola, finalmente ha reaccionado, y ha amordazado a la mujer, que muge estridentemente aun con la boca llena de tela. A su pareja, no hay motivo para amordazarlo: está sencillamente callado, seguramente más temeroso del momento en que el ladrón se vaya y su mujer finalmente se libre de las ataduras…

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Jun
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1 y 0

1

Antes que todo, supongo que debería contarles algo acerca de mí. Mi nombre es Diego Vicencio. Tengo 20 años y soy estudiante de Ingeniería Informática. Encuentro que mi descripción física resulta irrelevante para motivo de lo que les voy a contar, de modo que no la haré. Quizá alguna de la gente que me conoce consideraría que tengo alguna clase de trauma con mi cuerpo, pero lo cierto es que he llegado al punto en que semejantes cuestiones no me interesan en lo absoluto, considerando que tengo mejores cosas que hacer y pensar. Baste con decir que no soy deforme ni tengo ninguna característica demasiado grosera en mi cuerpo. Soy un ser común y corriente en todos los aspectos físicos, indistinguible de cualquier otra persona que se puede encontrar en la calle. No, no es lo físico mi distintivo principal. Quizá podría sentirme tentado a considerar que es la inteligencia, ya que toda la gente que me rodea me ha insistido en que soy muy inteligente. Desde luego a veces he parecido bastante receptivo al momento de considerar tales enfoques, pero lo cierto es que, personalmente, no creo que sea tan inteligente como para ser sobresaliente. No soy una calculadora ambulante ni tengo memoria fotográfica. Ninguna característica intelectual por encima de la media. ¿Qué me distinguiría del resto, entonces?, siempre he creído que es mi capacidad de análisis.

Pienso que el estado de meditación o de reflexión siempre ha sido mi estado mental más común. Desde luego, no he estado realmente meditando todo el tiempo, ya que eso es algo francamente imposible desde un punto de vista práctico, sin embargo, la mayor parte del tiempo lo he dedicado a pensar. Dicen que la mayoría que los recuerdos que uno tiene de niño son bastante poco fiables, considerando la distancia temporal que separa los recuerdos y a que la memoria resulta una cosa tan escurridiza y frágil… por ejemplo, encontramos a personas que recuerdan cada una de sus acciones, por ejemplo, el 11 de Septiembre del 2001, y sin embargo son incapaces de recordar qué fue lo que hicieron ayer en la tarde, hecho que nos demuestra lo caprichosa que es la memoria. De modo que, en mi caso, no me hago ilusiones de que los recuerdos de mi infancia sean completamente fidedignos y exactos. Sin embargo, a pesar de ello he de señalar que nunca en mi vida ha existido un espacio olvidado, sino que los recuerdos de mi infancia siguen un patrón bastante continuo, y no hay momento de mi niñez en que no recuerde, al menos con vagas referencias, en qué estaba ocupado intelectualmente. Mi primer recuerdo infantil es mi típica postura de estar mirando la pared, pensando. No salía mucho a la calle y no tenía muchos amigos. Creo que una tía en una ocasión me pilló en una situación semejante, y me preguntó que estaba haciendo, encontrándose con la lacónica respuesta de: ?Estoy pensando?. Así pues, desde mi más tierna infancia he estado sumergido en diversos análisis. Sin embargo, no hay que hacer gran barullo al respecto de lo último. Mentiría si dijera que cuando niño mis meditaciones me llevaban a descubrir tópicos del Calculo Diferencial o de los fundamentos de la Lógica, o acaso sumergido en profundas discusiones deontológicas, cuando lo cierto es que la mayoría de las veces estaba solamente continuando en mi mente los capítulos de los dibujos animados que veía en la tele. Eso es natural, era un niño. Pero ya en mi adolescencia, las líneas de pensamiento llegaron a lugares que a mí mismo me sorprenden.

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Oct
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La puerta de goma

Frank entró caminando tranquilamente en la habitación, mirándonos de soslayo a cada paso que daba. Se detuvo frente a la puerta con el letrero de goma e intentó forzarla. Una vez, dos veces, tres veces. Luego, furioso, comenzó a golpearla y a gritarle, mientras todos nosotros callábamos. Por un momento creí sentir pena por él, tan arrogante y orgulloso, se le vino el mundo abajo cuando supo la noticia de Javier. Hice el ademán de pararme para calmarlo, pero una mano me detuvo, era Joseph.

-Déjalo, ¿acaso crees que no sabe?. Tu conoces a Frank, no pudo aceptar la noticia. Primero estará un rato así, golpeando y gritando cosas, pero tú bien sabes lo inútil que es todo esto. Después dirá que estamos locos, que todo ha sido un engaño, que nosotros somos los desquiciados. Comenzará a dárselas de valiente y saldrá por esa puerta por la que entró.

Sus palabras casi me hicieron olvidar el asunto. Sin hacerle caso me puse de pie y fui hacia donde estaba Frank.

-Ja ja ja, tu siempre confiaste en Javier…-gritó en un tono burlón.
-Frank, escúchame, no hay nada que nosotros podamos hacer. Entiende, esta es su decisión, él quiso que esto terminara así. Javier siempre nos trató bien, pero nosotros… después de todo nosotros solo somos…

Pero Frank no era de los que entienden con palabras. Sin dejarme terminar cogió una silla -de las últimas que quedaban- y me la arrojó por la cabeza. Por suerte la mano de Javier apareció y me salvó. Tomó a Frank por los hombros y lo elevó atravesando el techo. Vimos caer plasticina derretida desde el cielo, y el olor nauseabundo por poco me deja sin sentido, pero resistí y dirigí mi vista hacia arriba y miré los dos enormes -y malditamente humanos- ojos perversos de Javier, mirándonos endemoniadamente. Dejó caer un gran fósforo encendido, y el olor a plasticina derretida comenzó a invadirme mientras todo ardía. El aire se impregnó de fetidez a goma.
Lo último que vi antes de caer fue esos dos ojos que seguian mirándonos, con el desdén con que un niño mira sus juguetes viejos.

Oct
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El modelo de Pickman

(escrito por H.P. Lovecraft, publicado por Weird Tales en 1927)

H. P. Lovecraft

H. P. Lovecraft

No tienes por qué pensar que estoy loco, Eliot; muchos otros tienen manías raras. ¿Por qué no te burlas del abuelo de Oliver, que jamás monta en un automóvil? Si a mí no me gusta ese maldito metro, es asunto mío; y, además, hemos llegado más deprisa en taxi. Si hubiéramos venido en tranvía habríamos tenido que subir a pie la colina desde Park Street.
Sé perfectamente que estoy más nervioso que cuando nos vimos el año pasado, pero no por ello debes pensar que lo que necesito es una clínica. Bien sabe Dios que no me faltan motivos para estar internado, pero afortunadamente creo que estoy en mi sano juicio. ¿Por qué ese tercer grado? No acostumbrabas a ser tan inquisitivo.

Bueno, si tienes que oírlo, no veo por qué no puedes hacerlo. Tal vez sea lo mejor, pues desde que te enteraste de que había dejado de ir al Art Club y me mantenía a distancia de Pickman no has cesado de escribirme como lo haría un atribulado padre. Ahora que Pickman ha desaparecido de la escena voy por el club de en cuando, pero mis nervios ya no son lo que eran.
No, no sé qué ha sido de Pickman, y prefiero no adivinarlo. Podías haber sospechado que dejé de verle porque sabía algo confidencial; ése es precisamente el motivo por el que no quiera pensar a dónde ha ido. Dejemos a la policía que averigüe lo que pueda.. que no será mucho, a juzgar por el hecho de que no saben todavía nada de la vieja casa del North End que Pickman alquiló bajo el nombre de Peters. No estoy seguro de que volviera a encontrarla yo… ni de que lo intentara, ni siquiera a plena luz del día. Sí, sé bien, o temo saber, por qué la tenía alquilada. De eso voy a hablarte. Y espero que entiendas antes de que haya terminado por qué no pienso ir a decírselo a la policía. Me pedirían que les llevara basta allí, pero yo no podría volver a aquel lugar ni aun en el supuesto de que conociese el camino. Algo había allí… Bueno, por eso ahora no puedo coger el metro ni (y puedes reírte también de lo que voy a decirte) bajar a ningún sótano.
Supongo que comprenderías que no dejé de ver a Pickman por las mismas estúpidas razones que les movieron a hacerlo a esas mojigatas mujerzuelas que son el doctor Reid, Joe Minot o Rosworth. No me escandalizo ante el arte morboso, y cuando un hombre tiene el talento de Pickman considero un honor el haberle conocido, al margen de la dirección que tome su obra. Jamás tuvo Boston un pintor con las dotes de Richard Upton Pickman. Lo dije hace mucho y sigo manteniéndolo, y ni siquiera me retracté un ápice de lo dicho cuando expuso su «Demonio necrófago alimentándose». A raíz de aquello, como recordarás, Minot dejó de tratarle.
Tú sabes bien que producir obras como las de Pickman requiere un arte profundo y una especial intuición de la Naturaleza. Cualquier ganapán de esos que dibujan portadas puede embadurnar un lienzo sin orden ni concierto y darle el nombre de pesadilla, aquelarre o retrato del diablo, pero sólo un gran pintor puede conseguir que resulte verosímil o suscite pavor. Y ello porque sólo un verdadero artista conoce la anatomía de lo terrible y la fisiología del miedo: el tipo exacto de líneas y proporciones que se asocian a instintos latentes o a recuerdos hereditarios de temor, y los contrastes de color y efectos luminosos precisos que despiertan en uno el sentido latente de lo siniestro. No creo que tenga que explicarte a estas alturas por qué un Fuseli nos hace estremecer mientras que la portada de un vulgar cuento de fantasmas nos mueve a risa. Hay algo que esos artistas captan -algo que trasciende a la propia vida- y que logran transmitirnos por unos instantes. Doré poseía esa cualidad. Sime la posee, y otro tanto puede decirse de Angarola de Chicago. Y Pickman la poseía en un grado que jamás alcanzó nadie ni, quiéralo el cielo alcanzará en lo sucesivo.

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Jun
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La Batalla Final

Al comienzo no había nada. De entre las tinieblas, aparecieron los dos grandes rivales. Uno de ellos llevaba una larga capa azul y el otro llevaba una de color rojo. En el primer día, un bosque fue creado por el mago de capa roja. Al segundo día, una isla apareció por el area que controlaba el mago azul.

Al siguiente día, montañas crecieron cerca del mago rojo y todo comenzó. Energía fluyó por el bosque y la montaña. Esa energía fue a dar donde el mago rojo, quien comenzó a leer unas palabras de una página de su libro de hechizos y la utilizó para hacer aparecer un cachorro mestizo. Al siguiente día, un pantano apareció cerca del mago azul y nada más ocurrió por un momento. Después, el bosque y la montaña que habían quedado sin vida, fueron restauradas y el mago rojo quien hizo aparecer otro bosque junto al anterior. De pronto, el mago rojo arrancó una página de su libro y la dejó caer. El mestizo que controlaba se volvió mas grande y se tornó de un color rojo furioso. El mago dejó caer otras dos páginas, y antes que tocaran el suelo, comenzaron a brillar y de ellas aparecieron dos lagartos pequeños que se pusieron a un lado del mestizo quién se volvió aún mas grande.

Cuando el mago rojo dio la orden, el mestizo y los dos pequeños lagartos atacaron y le causaron daño al mago azul, quien comenzó a sangrar mientras maldecía a las criaturas que le habían causado tal daño. Al día despues de la batalla, el mago azul hizo aparecer otra isla y una sonrisa maquiavelica se dibujó en su rostro. Cuando sus criaturas volvieron adonde se encontraba, el mago rojo hizo aparecer otra montaña y después de pensarlo dos veces, decidió efectuar su próximo movimiento. Extrajo energía de dos bosque y una montaña y dejó caer otra página de su libro, que comenzó a convertirse en una gigantesca sierpe. Sin embargo, antes que esto se completara, el mago azul extrajo energía de dos de sus islas y de sus manos brotó una luz azul que impidió que la sierpe se materializara. El mago rojo maldijo a su adversario y lo atacó con su cachorro mestizo, que había vuelto a crecer tras volver a la normalidad, pero esta vez se habia tornado de un color negro. El mago azul recibio el daño sin mostrarse nervioso. En su rostro seguía dibujada aquella sonrisa que molestaba tanto al mago rojo.

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